Una noche, cerca de un lago, se entablaba una lucha entre dos dioses, cambiaban de forma según avanzaba la lucha, sus voces eran truenos que retumbaban en el espacio, el choque de sus miembros eran relámpagos que rebotaban en el techo celestial y caían con gran estruendo hiriendo la tierra y abriendo surcos que alcanzaban su mismo centro.
La contienda ente
el bien y el mal duraba ya cientos de lunas y ninguno cedía en su esfuerzo
ganador; ambos habían demostrado su destreza y se habían transformado cuantas veces
pudieron. El dios del bien se había convertido ya en leopardo, ya en oso, ora
en un majestuoso nevado, ora en nube; el dios maligno tampoco había ignorado su
poder y se transformaba en hiena, en rata, en fuego.
La majestuosidad de
la pelea solo era comparada con la creación, aun así y a pesar de los dos
lidiadores, sus fuerzas tornaban a desaparecer.
El dios del bien,
en un supremo esfuerzo, se convirtió en un águila y logró atrapar al maligno
que se encontraba convertido en serpiente, voló al medio de un lago y envolvió
a su presa en un nopal, luego se sumergió hasta la sima del lago y lo dejó
encerrado.
Encima del lago, un
dios superior hizo que se construyese una ciudad, ahora el dios maligno intenta
escapar, pero cada vez que lo hace sacude toda la ciudad y no puede; mas no se
rinde y pretende destruir la ciudad con los humos que él envía desde el centro
de la tierra, humos llenos de veneno que salen de las fábricas y los volcanes y
que un día podrían destruir completamente esta bella ciudad y liberar el mal.
Antes, el Gran
Salar era también un gran mar. En ese lugar se estaba desarrollando lo que iba
a ser una gran civilización, los hombres aprendían el arte de la pesca y en las
tierras altas el arte del cultivo, todo les enseñaba un dios inferior que era a
su vez su Guardián.
Pero las fuerzas
del mal habían señalado ya ese lugar como sus dominios y no iban a permitir que
ningún humano se asentara allí y menos que alguien los defendiese. Es de ese
modo que enviaron a otro dios inferior para que exterminara toda clase de
conocimiento e hiciera esclavos a cuanta criatura le pareciese.
Una noche apareció
un extraño en el sitio y todos le empezaron a tratar con mucha amabilidad, pero
él empezó a insultarles y a maltratar a sus animales, destruyó sus campos y
mató a muchas personas; inmediatamente alguien fue a avisar a su protector y
este fue al encuentro del dios maligno.
Los dos gladiadores
se entablaron en una lucha sin cuartel, en su enfrentamiento levantaban olas
majestuosas, el choque de ambos era estrepitoso.
El dios maligno,
sabiéndose perdido, arremetió contra la población; el dios protector vio a sus
protegidos perecer bajo las salinas aguas, mientras el otro se complacía viendo
la destrucción y su meta cumplida.
El guardián se
sintió impotente, toda la ciudad desapareció bajo el mar, pero el maligno
tendría que pagar; el guardián le agarró de los pies y le sumergió hasta los
tobillos, entonces sobrevoló el gran mar de sur a norte y lo secó. Ya llegando
al final, el guardián hundió totalmente al maligno y puso una montaña encima
para que nunca más saliera.
Ahora, cada vez que
el maligno intenta salir, las grietas que abre se vuelven a cerrar
inmediatamente.
Todo era
prosperidad y abundancia en ese lugar, aunque no todos estaban satisfechos, se
respiraba paz y eso era lo que todos querían: Paz. Lejos de toda guerra y
sangre.
Los cielos, el
aire, los cerros, la luna y el sol eran puros, tanto que se los veneraba como a
dioses.
Se cultivaba la
sabiduría, las artes y la literatura; y como ser sabio es ser rico, ellos lo
eran.
Acumulaban riquezas
solo por estética y como ofrenda para sus dioses.
Pero llegó un
tiempo donde todos se encontraban inquietos, ya que habían recibido la noticia
de que otra raza estaba invadiendo todo el territorio y que no había manera de
enfrentarlos. Ellos no eran guerreros.
Se reunieron los
magos y brujos del reino y acordaron luego cuidar y mantener su descendencia.
Para tal objeto recurrieron al más valiente e inteligente joven que existía y
lo nombraron “Guardián del Lago Sagrado”, este tenía que mantener y proteger
las riquezas y a la descendencia de la raza en la ciudad que había en medio del
lago, al cual solo él sabría como llegar.
El día que los
invasores penetraron en la región, empezaron a destruir y saquear. El jefe de
los invasores supo del tesoro escondido y del guardián, desafiando a este a un
duelo.
La pelea se
prolongó más allá de la vida de ambos y de otros que vinieron tras ellos. Nadie
sabe cuando acabará la tremenda lucha.
Pero aún ahora
existe un guardián del Lago Sagrado que cada 100 años aparece junto a la ciudad
sagrada en el lago, descendiente de la noble raza que pelea por el destino de
todos.
En la Gran Selva,
existe un grupo de Guardianes que tiene a su cuidado el santuario y la ciudad
sagrada, centro de sabiduría, riqueza y eternidad.
Del santuario nace
una vertiente que recorre toda la ciudad y sirve para el uso de sus habitantes,
es el agua que nunca muere porque da la vida eterna, el agua de la juventud, el
agua de la vida.
Esta agua siempre
vuelve al santuario y allí se renueva y vuelve a salir.
La codicia,
encarnación femenina del mal, llegó a enterarse de la existencia de la ciudad
(llena de tesoros y sabiduría), del santuario con el agua de la juventud. La
empezó a buscar hace poco menos de 500 años y aún no se encuentra; destruye
muchos bosques y selvas pequeñas buscando la ciudad, mata a miles de personas y
desalojó a muchos pueblos originarios buscando la ubicación de la ciudad
sagrada y aún lo sigue haciendo.
Los Guardianes
tienen que hacerle frente a donde vaya, pero la destrucción se hace muy grande
y las selvas van desapareciendo, a pesar de que se hace uso de las aguas del
santuario para refrescar las selvas y bosques destruidos, pero a veces no es
suficiente y necesita de la colaboración y la ayuda de los niños.
Si algún día la
codicia encuentra el agua y el santuario, ambos desaparecerán.
Por eso hay que
ayudar a los Guardianes plantando más árboles y cuidando los que quedan.